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Macchu Picchu

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Macchu Picchu provoca sobresalto, como si de inmediato la ciudadela incaica instalara en el ambiente un clima enigmático. Macchu Picchu resguardada en el invencible Cañón del Urubamba, no conoció pisada de conquistador alguno, y en la sombra permaneció por más de cuatro siglos. Por eso Macchu Picchu es la  "ciudad perdida".
Más que una ciudad, o los restos de ella, Macchu Picchu es un acontecimiento, es más un asunto para poetas, místicos o desesperados que material de estudio (o, en el peor de los casos, más que un sitio turístico). Al atravesar el último pórtico del "Camino del Inca", el Intipunku, nos enfrentamos con el gran misterio. Los sentidos celebran, la razón tartamudea, las vibraciones se incrustan en la piel como las mismas construcciones de granito blanco se incrustan en las montañas.
En Macchu Picchu al perder tierra firme, el cuerpo se precipita al vacío, a un espacio fuera de sus coordenadas habituales. Se entrega al vértigo que genera el estallido de una belleza que está muy lejos de ser pacífica.

Macchu Picchu es grave, es terrible, es ferozmente ingresiva. Cada piedra, cada línea, cada espacio, acompaña las caprichosas rugosidades de la montaña en una danza que a ratos parece magistral y eterna. Pero esta eternidad no se trata de una cuestión física, de una tenaz resistencia de los materiales a fuerza de fundar en lo inmutable de la naturaleza. No se trata sólo de eso. Macchu Picchu es también eternidad de repetición, de reiteración de cierto acto en el que se cifra mucho más que la supervivencia de un grupo étnico. En Macchu Picchu los conjuntos edilicios, la montaña, el sol, el cielo, el Huayna Picchu que contempla allá a lo lejos, entablan un diálogo perpetuo. La ciudad, al estar estampada en dichos elementos, se reasegura que esta asamblea cósmica no tenga fin (geográfía y cosmos que seguirán al márgen de sus originales pobladores, por supuesto, pero también al margen de todos los que vendremos después).
Esta es quizás la gran diferencia que existe entre Macchu Picchu y otros conjuntos arqueológicos de América. Su prodigiosa implantación. Ubicada físicamente entre el cielo y la tierra, ella misma adopta el rol de intermediaria entre los asuntos celestiales y los terrenales.

Pero ¿qué le sucede al hombre moderno cuando la experimenta? A poco de recorrer Macchu Picchu , sentimos que la extrañeza inicial se bate en retirada. Ocurre una singular inversión de roles: de asunto enigmático, de "otredad" insondable, la obra se nos torna familiar y presente. De golpe, nos volvemos sus contemporáneos, como si el cuerpo se sintiera involucrado en aquel diálogo cósmico. Macchu Picchu despierta, nos despierta de un largo letargo. Su visión no es fácil; el encuentro con algo que habíamos olvidado y que en última instancia nos constituye, pone en cuestión nuestro propio tiempo moderno (del que, en forma simultánea, nos sentimos de pronto alejados). Nos susurra que ese eterno acontecer en sus entrañas Macchu Picchu parece que siempre está "sucediendo"- fue voluntad de hombres, mortales como nosotros, que no supieron de límites; que cada roca, montaña o río, tierra o capricho climático, que cada "otro" (un blanco tal vez) era acrecentamiento de un mundo inquieto y alerta, en perpetuo movimiento. A su manera, también, nos muestra que la estructura sustentada en calendarios, relojes y horas siempre iguales, sin intensidades, es el exilio al que nos vemos condenados sin posibilidad alguna de retorno.
    Pero si Macchu Picchu desequilibra nuestro tiempo moderno, si sacude nuestros cuerpos llevándolos hacia sus olvidos, hace otro tanto con las construcciones culturales. El relato histórico, que con frecuencia se empeña en el causa-efecto, sufre con la descubierta ciudadela un leve traspié. Macchu Picchu regatea su cuerpo, su estar allí, a conquistadores, sacerdotes y demás invasores. Les niega la entrada pero no el conocimiento de su existencia. Regatea también el cuerpo al devenir: durante cuatro siglos permanece en el vacío, se instaura en el mito. Por último ingresa en la historia, nos abre las puertas para que ahora sí, desde 1911, la experimentemos. Este juego de "presencia-ausencia-presencia" delata los movimientos subterráneos que no tienen historia pero que la condicionan. ¿En qué otro lugar podría inscribirse la resistencia incaica a negar, y salir airosa, el conocimiento de Macchu Picchu ? La ciudadela, con su sola presencia, muestra los infinitos recovecos por donde se extravía la sólida pretensión de capturar la realidad. Los hechos del pasado que, de alguna manera, explican por qué estamos hoy y aquí tienen esos intersticios insondables que nos seducen desde aquello que, justamente, no explican.
Tal vez en este movimiento de saberes y olvidos es donde realmente se asiente nuestra cultura. Vista con procedimientos y ojos occidentales, sí, pero también con sus extravíos. Allí donde se desbarranca y no puede explicar racionalmente por qué, si habiéndose erigida como nítida triunfadora sobre las civilizaciones arcaicas, hubo un espacio que se negó al exterminio, al mestizaje, al conocimiento, al destino; que resistió con profunda voluntad de ser y que hoy retoma con soberbia, y nos hace recordar, su propio relato. Al margen de los tiempos, al margen de la historia.